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Comunicación y Opinión

Biodiversidad: Su destrucción

El cataclismo que acabó con los dinosaurios no fue nada comparado con la extinción de finales del Pérmico, hace unos 240 millones de años, que acabó con el 95 por ciento de las especies vivientes sobre la Tierra y cambió completamente el aspecto de los ecosistemas marinos.

Pero quizá incluso esa ola de extinción sea pequeña comparada con la que atraviesa el mundo en estos momentos.

La vida media de una especie se sitúa en el orden de magnitud de un millón de años aproximadamente. Eso significa que cada año, una especie entre un millón se debería extinguir por causas naturales. La realidad es que, según estimaciones razonables, se están extinguiendo cada año cientos o miles de especies por cada millón de ellas.

Según algunos biólogos, entre un 30 y un 50 por ciento de todas las especies que habitan la Tierra podrían haber desaparecido para mediados del siglo XXI. Según otros, este alarmismo no está del todo justificado, ya que no existen métodos fiables de cuantificar la tasa real de extinción actual ni de cuantificar adecuadamente el tiempo normal de vida de una especie. En el registro fósil sólo suelen quedar preservadas las especies resistentes, ampliamente distribuidas y de vida larga. Millones de especies confinadas en islas remotas o de vida muy corta pueden haberse extinguido antes de fosilizar, lo que significaría que en el pasado la tasa de extinción no fue muy distinta de la actual. Por otro lado, la mayoría de las especies actuales no se conocen y no se sabe si se están extinguiendo o no.

El pájaro carpintero de pico blanco ha sido redescubierto hace poco en Estados Unidos, después de 60 años sin que nadie lo viera y de que en 1.980 se le considerara oficialmente extinguido. Pero otras muchas especies desaparecidas en tiempos históricos, como el dodo, la vaca marina de Steller, el quagga o el lobo marsupial, no van a volver a aparecer (aunque algunos se aferran todavía a la remota posibilidad de que haya aún algún superviviente de lobo marsupial).

El caso de la paloma migratoria es especialmente sangrante, ya que muestra que incluso una especie abrumadoramente abundante puede desaparecer en poco tiempo por la acción del hombre. El último ejemplar de esta ave murió en un zoo de Estados Unidos en 1914, sólo unas décadas después de que inacabables bandadas de cientos e incluso miles de millones de ejemplares oscurecieran el cielo a su paso. Probablemente haya sido el ave más abundante que ha existido nunca. Pero fue cazada sin piedad y su costumbre de concentrarse en grandes bandadas la hizo muy vulnerable. Requería para sobrevivir que sus agrupaciones tuvieran un tamaño crítico y cuando no pudo alcanzarlo, sus poblaciones entraron en regresión.

Este mismo fenómeno se está observando hoy, por ejemplo, en muchas especies de peces antaño muy abundantes que han sido pescados sin medida. La desaparición de las pesquerías es un fenómeno muy preocupante a escala planetaria. La depredación por parte del hombre es una de las principales causas de extinción, incluso con escasos medios tecnológicos (cada vez hay más indicios de que los hombres primitivos estuvieron detrás de la extinción de muchos grandes mamíferos del Pleistoceno). Otra causa es la introducción de especies extrañas, de efectos devastadores en hábitats aislados y vulnerables. El calentamiento global es una silenciosa amenaza, cuyos efectos todavía no somos capaces de valorar.

Sin embargo, la principal causa de la desaparición de especies es, con pocas dudas, la degradación y la pérdida de hábitats. Cuando se tala una selva tropical o se edifica una ciudad, incontables seres vivos, que han tardado miles o millones de años en adaptarse a su medio, se ven obligados a migrar o a adaptarse a las nuevas condiciones en un intervalo brevísimo de tiempo. La mayoría de las especies pueden no estar capacitadas para adoptar ninguna de estas estrategias. Cuando desaparece una sola especie de árbol, varias especies íntimamente ligadas a él pueden desaparecer: sus parásitos, sus polinizadores o los animales que se alimentaban muy específicamente de sus hojas o sus frutos.

Conforme más y más hábitats naturales se van transformando en hábitats humanizados, como campos de cultivo, pastizales o medios urbanos, las especies autóctonas, especializadas y frágiles, son desplazadas por las especies oportunistas y adaptables que acompañan al hombre, como las malas hierbas, las ratas, las cucarachas o los gorriones. La globalización a nivel biológico consiste en sustituir las variadas faunas y floras locales por una comunidad biológica uniforme y universal.

La reducción y la fragmentación de los hábitats inciden muy negativamente en la biodiversidad. El número de especies que viven en un territorio es directamente proporcional al área que posee. Si disminuimos el área en un 50 por ciento, en torno al 16 por ciento de las especies se extingue. Los hábitats fragmentados son más vulnerables a catástrofes de carácter local y las poblaciones de organismos que los habitan son propensas a padecer problemas derivados de su escaso tamaño, como un exceso de endogamia y una pérdida de la diversidad genética.

Por todo ello, cada vez está más claro que las estrategias de conservación deben atender, más que a la protección de especies estrella, como los osos panda o los orangutanes, a la preservación global de los ecosistemas. Sólo un extenso sistema de reservas, donde los usos humanos estén muy restringidos, puede garantizar el mantenimiento de elevados índices de biodiversidad. Por otro lado, en los territorios que el hombre deba explotar para su supervivencia, deben adoptarse técnicas de desarrollo sostenible y de explotación racional y eficiente de los recursos. Sólo así podrá frenarse la Sexta Gran Extinción, la más veloz y catastrófica de la historia de la Tierra.

Tomado de: http://mundobiologia.portalmundos.com/biodiversidad-su-destruccion/

Francisco Garcés

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